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Se fue Mandela, queda su legado
Se fue Mandela, queda su legado
6/12/2013(A Pleno Rugby)
Nelson Mandela dejó una huella en el mundo como también en el rugby. No sólo dejó una foto icónica de nuestro deporte si no que, como otro hecho de hace 41 años, marcaron al rugby en la conciencia general. Frankie Deges despide al ex Presidente de Sudáfrica, en su columna.

Pensaba ayer, al reflexionar sobre el fallecimiento a los 95 años de Nelson Mandela, que el rugby estuvo presente, de alguna manera, en dos eventos trascendentales de los últimos años, dos situaciones distintas que quedarán por siempre en la historia.

En pocos días se recordarán 41 años del rescate de los 14 sobrevivientes de un accidente aéreo en los Andes. No fue un rescate fortuito para quienes estuvieron 73 días en la alta montaña sufriendo todo tipo de situaciones para las que el ser humano no está preparado. Formando un nuevo paradigma – y aquí quien no haya leído el libro La Sociedad de la Nieve, de Pablo Vierci se lo recomiendo para las vacaciones – los que sobrevivieron pudieron preparar a dos compañeros (Roberto Canessa y Fernando Parrado) que eventualmente caminaron 10 días por lugares impensados e imposibles y así encontrar ayuda para los que quedaban en un fuselaje en pésimo estado y en estado casi terminal.

Ese grupo de 45 personas – entre pasajeros y tripulación – había partido hacia Chile en una gira de rugby de cuatro días. Los valores de nuestro rugby sirvieron a lo largo del martirio que fueron esos dos meses y medio incomunicados con un mundo que ya los había dado por muertos. Ciertos valores y enseñanzas se aplicaron para el beneficio de todos. Fueron desde entonces el grupo de rugbiers uruguayos que vencieron a la muerte.

Hoy el mundo llora la muerte física de Nelson Mandela, un símbolo inequívoco de la paz y de la lucha por la unidad en un país con un pésimo track-record en ese sentido. Su paso por este mundo dejó y dejará por siempre un legado innegable que afectó, más allá de sus compatriotas, a todo el mundo.

La Sudáfrica en la que nació Mandela cayó presa de una abominable gestión llamada apartheid que tan real era que se había constituido en ley – uno de los puntos más bajos de una humanidad repleta de momentos oscuros. Por definición, el Apartheid fue una política de segregación racial; la discriminación política, legal, social, cultural, deportiva y económica contra quienes no eran de raza blanca.

Mandela, abogado de formación, buscó desde temprana edad luchar contra estos intereses blancos y si bien comenzó sin violencia, se hizo imposible evitar la lucha armada y finalmente estuvo preso entre 1962 y 1990, 27 años, la mayoría de los cuales sus derechos humanos no fueron prioritarios para sus captores.

Mientras el mundo miraba para otro lado y evitaba el tema Sudáfrica, más allá de vacuas sanciones económicas, sociales, artísticas y deportivas, fue el mundo del arte el que generó el ícono Mandela cuando este era el prisionero 46664. Incomunicado con el resto del mundo, poco sabía cómo su figura se convertía en un emblema de la lucha contra el opresivo apartheid.

Su liderazgo, no obstante, fue tal que a lo largo de su eterno cautiverio supo aprovechar ese tiempo para intentar, y por los hechos posteriores queda claro que lo logró, entender al hombre blanco, sus motivaciones y razones, sus temores, sus debilidades y fortalezas. Con inteligencia y personalidad pudo asumir ese rol que el mundo exterior le estaba dando sin él pedirlo.

Con enorme temor de que muriera en prisión, el gobierno sudafricano buscó los caminos para su liberación, pero fiel al hombre que era y fue, Mandela solo aceptó salir en sus propios términos, finalmente quedando libre en 1990. Había pasado preso 27 años.

Instalado como el gran líder, se convirtió por una enorme mayoría en el primer presidente de su país no blanco. No fue un gran presidente ya que no saneó la economía, no crecieron los índices de productividad ni de empleo. Pero fue un gran estadista porque evitó que el país se convirtiera en una bomba de tiempo. Era mucho el desprecio racial que había entre las distintas razas que habitan un país lleno de belleza y riqueza. Un poco como nuestro país.

El rugby fue un factor contribuyente para que su mensaje de paz fuera más escuchado. No hay en nuestro deporte una foto más icónica que la de Mandela y François Pienaar, ambos vestidos con la misma camiseta verde con el Springbok en el pecho que tanto había aprendido a odiar y que tan bien representaba a la opresión blanca.

“No fue algo planificado y si lo hubiera sido, no habría tenido el mismo impacto,” dijo ayer Morné du Plessis, manager de aquel equipo campeón del mundo de 1995. Mandela cautivó al mundo ese día. Pero antes hubo dos hechos que marcaron su relación con el rugby.

En 1992 fue clave para que Sudáfrica pudiera recibir a Nueva Zelanda y Australia – y durante ese primer Tri Nations de hecho, permitir que se jugara el partido con los Wallabies (el rugby no había cumplido con algunas pautas de convivencia establecidas para esos dos viajes).

Ya como presidente y cuando algunos representantes del gobierno peleaban por eliminar al Springbok como símbolo del rugby y convertirlo en una Protea, Mandela supo convencerlos de que había que luchar por la unidad; que el Springbok era una forma de no quitarles dignidad a los blancos.

El Mundial, aquel fantástico torneo, 45 días que cambiaron al rugby para siempre, tuvo el corolario de tenerlo a él, a Mandela, en la apertura y cierre. Al canto de Nelson, Nelson, Nelson, los blancos coreaban su nombre convencidos del camino por el que los lideraba.

“Fue un ser humano extraordinario e increíble; no solo porque unió al país cuando esto parecía imposible pero también porque, a través de su humanidad única, inspiró a cientos de millones de personas en todo el mundo,” dijo Pienaar en un comunicado. Tenían una relación privilegiada tanto que su hija perdió en Mandela a su padrino.

El rugby fue un mecanismo más para que Mandela mostrara su mano, su humanidad y apoyara su legado. “No fue un plan metódico de usar el Mundial como herramienta para ganarse el apoyo afrikaaner,” termina du Plessis. “Fue como lo sintió en ese momento. Fue su convencimiento de que era lo que había que hacer y que él iba a haber. Era lo que el país necesitaba y todavía necesita.”

“Fue el día que nos convencimos de que cualquier cosa es posible.”

Se fue Mandela. Queda su legado. El rugby lo puede hacer propio con orgullo, como puede aferrarse a las lecciones de los sobrevivientes de los Andes.

Por Frankie Deges
Fotos: Today y Archivo
www.aplenorugby.com.ar

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