ESPECIALES / Columnas de Opinión
Ochenta minutos de intensidad
26/10/2019(A Pleno Rugby)
Inglaterra se metió en la final de la Copa del Mundo luego de derrotar a los All Blacks en un partido memorable. En su columna de opinión para A Pleno Rugby, Eugenio Astesiano lo analiza. Mirá también >> Inglaterra dio el golpe y está en la final.  
Para ganarle a los All Blacks en un Mundial hay que jugar bastante mejor que ellos durante los ochenta minutos.

Sí, hay que dominarlos en todos los aspectos. En el piso y en el aire. En el scrum y el line, física y mentalmente. No hay que dejarlos pensar y hay que atacarlos: premisa fundamental.



Inglaterra, por cierto, lo hizo en el primer tiempo con mucha claridad. Lo dominó en el contacto, sus ball carriers quebraron, sus conductores pusieron el juego en el mejor lugar siempre, los "kamikaze kids" Underhill y Curry fueron implacables, Tuilagi se lució al igual que Itoje y George...

Sin embargo, con todo eso perfecto, les alcanzó para -sólo- anotarle diez puntos a los de negro pero también es cierto que quedaron con un ingoal en cero, lo que no fue poco mérito. Por el contrario, fue fundamental.

Los de Steve Hansen sintieron ese dominio. Y lo sintieron por segunda vez en este Mundial, porque el primer tiempo de los Boks en el partido debut, fue bastante similar.

Los All Blacks sí pudieron cortar la defensa inglesa en un par de ocasiones, pero no pudieron quebrarla. Y para ganarle a esta Inglaterra, al equipo de Eddie Jones, hay que quebrarlo. No alcanza con esperar su error y contraatacar. Dominar a los ingleses se ha convertido hoy en algo muy complejo, en una tarea que requiere de máxima concentración y perfección y los All Blacks, en los cuarenta iniciales, no la tuvieron en ese aspecto. Sí, en algunos ya mencionados, pero no suficientes.

Los All Blacks fueron a por la heroica en la segunda parte, y cometieron errores. Muchos. Casi todos, en los pases, en la distribución y en la decisión -casi siempre forzada- de dónde jugar cada pelota. Con el agua al cuello quisieron salir desde su campo, jugando. Arrinconados, presionados a más no poder, los esfuerzos fueron individuales. Con setenta metros por delante y con la defensa inglesa en una noche fulminante, ni Sevu Reece, Ardie Savea, Goodhue... ninguno pudo hacer demasiado.

Los All Blacks no pudieron llevar adelante algo que los caracteriza: un juego de varias fases, en control de la situación. Hoy, más bien, jugaron apurados, presionados, descontrolados, obligados por Inglaterra que tuvo una defensa magistral y -ya se ha mencionado más arriba pero vale repetirlo- con Curry y Underhill o Underhill y Curry, como paladines en ese aspecto y muy bien secundados por Itoje, Tuilagi, Lawes y George.

Está bien que las luces se las lleven ellos, que son los que impidieron que los All Blacks jueguen. Pero quien hizo que Inglaterra juegue, fue George Ford. El apertura hizo su tarea a la perfección: distribuyó, leyó el partido, pasó la pelota de manera excepcional, pateó cuando había que hacerlo y cumplió su rol a las mil maravillas. Gran parte del triunfo le pertenece.

Inglaterra, después de su mundial funesto en 2015, se preparó para revertir la historia en Japón. Falta un partido y si bien nadie es profeta en su tierra, Eddie Jones está a ochenta minutos de hacerlo en el lugar que lo catapultó a entrenar al seleccionado de la rosa.

Sólo a ochenta minutos. No es mucho, pero tampoco es poco. Necesitará tener la misma intensidad.

Y puede, claro que puede.
Por: Eugenio Astesiano
Foto: Rugby World Cup
Otras Noticias