ESPECIALES / Historia
Un oasis en el desierto
27/12/2018(A Pleno Rugby)
Así consideran los presos de la Unidad Penal de San Martín que forman parte de Espartanos las charlas que tienen en distintos talleres orientados psicológicamente a entender distintos sentimientos y emociones. En esta nota del diario La Nación conocé los detalles del programa que se desarrolla al lado de la cancha de rugby. Una historia que toca el alma.
Todo es motivo de festejo en esta sala de paredes amarillas. Hay aplausos porque “Luisito” sale en 25 días, porque alguien trajo tortas fritas, porque ya saben que al final entregarán diplomas.


Unos veinte Espartanos, el equipo de rugby que se formó en la Unidad Penal de San Martín, mueven bancos y se sientan en ronda para el último de seis encuentros donde aprenden a regular el estrés y la impulsividad, charlan de empatía y del sentido de la trascendencia, entre otras cosas.

Antes que nada, este es también un espacio donde pueden ser escuchados. Las clases, organizadas por la Universidad Argentina de la Empresa, son también una práctica profesional para 8 alumnos del último año de la carrera de psicología.

En la cancha de rugby de al lado, también dentro de la unidad de máxima seguridad, otro grupo de Espartanos deja todo en un entrenamiento bajo un diluvio: doble sensación de libertad.

La psicóloga Diana Trajtenberg se ubica en el centro de la ronda, mira a todos a los ojos y habla con gritos dulces. Trata a sus alumnos de chicos porque ellos la llaman seño. Casi todos tienen menos de treinta; muchos, condenas graves. Pero de eso no se habla acá. La acompañan tres alumnas de último año de la carrera de psicología que están realizando una práctica profesional.

Al comienzo se repasan brevemente los temas que se trataron hasta ahora: las emociones básicas (miedo, alegría, tristeza, ira, asco, asombro) y las sociales (culpa, vergüenza, orgullo, celos, envidia), cómo se pueden reconocer esas emociones y regular los impulsos.

“Se siento ira o enojo, me lo voy a empezar a reprimir y no lo voy a proyectar a cualquiera. ¿Y cómo se descartan estas emociones? Por ejemplo en la cancha”, explica Diana. “Cuando juegan al rugby: ¿no descartan la ira?”. La respuesta es un sí colectivo que no deja lugar a dudas. “Ahí es donde la tengo que descargar y no en personas que no tienen por qué ligarla”, continúa.

En el primer encuentro, mientras la psicóloga mostraba imágenes de expresiones para que los alumnos dijeran qué emociones representaban, ante la foto de una persona sonriente nadie pudo decir que se trataba de alegría. Todos dijeron “libertad”.

“Me dio un escalofrío”, cuenta Diana. “Ellos están contando los días para irse, la alegría y felicidad las nombran como libertad directamente”. Es cierto: así sean tres meses para salir, todos hablan de 90 días. Es la unidad de medida más asible.

Las clases no son monólogos, la psicóloga va proponiendo temas y todos aportan. Los asistentes participan, contestan, expresan sus sentimientos. Y hacen bromas. Cuando Diana habla acerca de la belleza interior que tienen todos, uno ejemplifica señalando a un compañero: “Mirae a vos, sos un negro feo pero sos hermoso por dentro”.

Aprendida la consigna y luego de dejar en claro que las palabras también lastiman, todos piensan cuando fue la última vez que hirieron a alguien con palabras. Para Daniel es fácil, fue cuando dejó las pastillas y empezó una época difícil. El rugby llegó para cambiar eso. En cambio, Luis fue muy agredido verbalmente de chico y hoy elige no repetir esa historia. “Es feo, te acordás siempre”, cuenta.

Luego llega el momento de pensar dónde le gustaría a cada uno estar en diez años, imaginar qué estaría haciendo y con quién. “Me imagino limpiando la pileta con mi nieto”, dice el primero. “Conocer a mi hija”, el segundo. “Querría ser dueño de algo, tener un emprendimiento”, el tercero. A otros le cuesta mucho imaginarse. Pero le gustaría tener una familia y un negocio.

Entregados los diplomas y terminado el encuentro, los Espartanos no se quieren ir del aula. “¿Sabes cómo necesitan hablar, ser escuchados y que el otro los esté mirando?” cuenta Trajtenberg y agrega: “La última clase un chico me miró y se puso a llorar porque sabía que era el último talles. Es muy importante mirarlos a los ojos, que sientan que uno les está prestando atención. Hablarles con dulzura. Están acostumbrados al insulto y a que no los escuchen. Basta con tratarlos como sujetos en vez de objetos”.
Por: A Pleno Rugby (Fuente: La Nación)
Foto: La Nación
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