ESPECIALES / Las columnas de Búsico
La pandemia le ha quitado color al Seis Naciones 2021, que mantiene sus tradiciones, pero que ha perdido parte de su magia con la ausencia del público. Especialmente a la hora de los himnos. Escribe Jorge Búsico, en una nueva entrega para A Pleno Rugby

Aún en tiempos de pleno profesionalismo, el 6 Naciones se mantiene fiel a las tradiciones. Quizá por ser el torneo más antiguo del rugby, quizá porque lo juegan los que lo inventaron, quizá por ostentación de poder, lo cierto es que los grandes de Europa incluso resistieron hasta donde pudieron los cambios reglamentarios impuestos desde la World Rugby, como el puntaje o los bonus ofensivos y defensivos.

 
La pandemia, que tanto ha dañado le ha generado a este deporte, también vino a quitarle gran parte de su magia: la que le aporta el público, especialmente a la hora de los himnos, el paso previo al kick-off.
 
El sábado, “Flower of Scotland” sonó vacía en Murrayfield, casi irreconocible por más que los jugadores escoceses la gritaron más fuerte que nunca. Esa adrenalina que se junta segundos antes del comienzo del test estuvo ausente, y aunque lo más importante sigue siendo el juego, costó acomodarse para un espectáculo ahora sí 100 por ciento televisivo.
 
Mucho se dijo y se escribió, sobre todo en la Argentina, donde todos tenemos razón siempre, acerca de que suenen los himnos antes de una competencia deportiva. Lionel Messi fue perseguido por no cantarlo, por ejemplo. “No canta el himno, es un pecho frío”, suelen lanzar los que nunca pudieron hacer jueguito con la pelota más de dos veces seguidas.
 
Incluso, en la Copa del Mundo de 2007, cuando hasta la prensa internacional resaltaba la manera en que los Pumas cantaban el himno -“Ganaron antes del kick-off”, sostuvo un periodista francés luego del partido inaugural-, un par de jugadores argentinos recibieron llamadas de sus pares futbolistas para ver cómo hacían para responder a las críticas comparaciones que estaban sufriendo. Imaginen que era un tiempo en el que casi no preponderaban las redes sociales; Twitter había sido fundada el año anterior.

Fui uno de los que escribió alguna vez que los himnos no debían mezclarse con el deporte. Lo hice en Clarín, a fines de la década de 1990. En una fiesta del diario de fin de año, me pidió hablar unos minutos Carlos “Chapa” Retegui, en ese momento jugador de la selección argentina de hockey y después el más exitoso entrenador de la historia de esa disciplina. Seco, me dijo: “No tenés una idea de lo que significa para nosotros, los deportistas, que nos pasen el himno antes del partido. Salimos a jugar con una carga emocional extra”.

Lo escuché, recapacité y admití que mi pensamiento no había incluido escuchar a los protagonistas. Error. Desde esa noche, entendí que el himno es un condimento extra que, en cualquier caso, uno desde afuera puede tomarlo desde su razón. Hoy, cada vez que me encuentro o hablo con el Chapa, recordamos aquella situación, y se la agradezco.

Los himnos, con los tiempos, fueron tomando distintas dimensiones, pero siempre significaron un punto a tomar en cuenta antes de un test. En la charla previa al legendario test con Gales en 1976, en el viejo Arms Park de Cardiff, el entrenador de los Pumas, Carlos Veco Villegas, les pidió a los jugadores que no bajen la mirada en el momento de los himnos; que se mantengan altivos frente a aquel extraordinario seleccionado galés conducido por el genio de Gareth Edwards.
 
¿De dónde viene todo esto? La leyenda cuenta que fueron precisamente los galeses quienes impusieron cantar los himnos antes de un partido internacional. En un test frente los All Blacks necesitaron responder de alguna manera al haka, y lo hicieron entonando “El viejo país de mi padre”, escrito y compuesto por Evan James en 1856. Esa sigue siendo la canción que los galeses gritan cada vez que tienen un test por delante. Y, como Escocia con Flower of Scotland, se diferencian del himno de la Corona, el que entonan los ingleses, God Save The Queen. “Tierra, tierra, juro lealtad a mi tierra/Mientras el mar sea su muro, que no pueda jamás/caer el viejo idioma”, reza el estribillo que retumba el Millenium cada vez que juegan los Dragones.

Los ingleses, además del himno a la Reina, tienen el suyo para el seleccionado de rugby: “Swing low, sweet chariot”, que últimamente fue cuestionado por su signo racista. Se trata de una canción compuesta en 1862 en Oklahoma, Estados Unidos, y que tiene su origen en la explotación de esclavos negros en los campos de algodón del sur de aquel país. Los ingleses la adoptaron hace más de tres décadas tras ganarle un test a Irlanda y no hay certeza de cómo empezó a sonar en Twickenham: si se trató de un grupo de estudiantes o de otro que quiso burlarse de los negros. La cuestión es que estalla en 80 mil gargantas cada vez que la Rosa juega en el Templo del rugby. Es probable, debería serlo, que no se cante más, sobre todo en un país en el cual un futbolista uruguayo, Edison Cavani, fue suspendido por decirle “Negrito” a un amigo en las redes sociales.

El himno argentino, lindo y largo como pocos, fue acortado en la Copa del Mundo de Francia 2007, y a partir de ahí se canta y se llora de un modo que es resaltado en el mundo del rugby. Es un sello de Pumas y Pumitas, que también es víctima de burlas del estilo: “pierden pero lloran en el himno” u otras barbaridades parecidas relacionadas con los lamentables sucesos últimos en los que se vio involucrado el rugby.

“Flor de Escocia” se cantó por primera vez en aquel recordado triunfo ante Inglaterra, en Murrayfield, en 1990. Desde ese día, en el cual la victoria trajo el título del 5 Naciones y del Grand Slam, es un himno que los escoceses cantan con alegría y también con descarga. Sobre todo si es contra los ingleses.

Después de ganarles en Twickenham tras 38 años y de atrapar la Calcutta Cup (otro símbolo de las tradiciones que guarda el rugby), los escoceses merecían otro marco que ese frío y vacío Murrayfield que el sábado recibió a Gales por la segunda fecha del 6 Naciones. El himno, que venía siendo cantado a capela cuando la gaita, a propósito, decidía callarse, era para ponerle piel de gallina al más indiferente. Esta vez faltó, maldita pandemia. Y luego, Escocia perdió el partido. 
Por: Jorge Búsico
Foto: England Rugby y Scotland Rugby
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