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La falacia del blindaje
8/6/2018(A Pleno Rugby)
La decisión de jugar la final del Nacional de Clubes en Vélez pese a los pedidos de Newman e Hindú de llevarlo a un club es un ejemplo más de cómo el profesionalismo extiende sus tentáculos sobre el rugby amateur. La línea que separa a uno de otro es cada vez más difusa y en A Pleno Rugby lo analizamos al detalle. Mirá también >> Los Especiales de Alejo
Cuando la Unión Argentina de Rugby modificó sus estatutos para permitir el rugby profesional en el país tuvo la precaución de limitarlo al rugby de elite y blindar a los clubes bajo un escudo de amateurismo. La decisión de jugar la final del Nacional de Clubes en el estadio de Vélez luego del partido entre Jaguares y Stormers es una muestra más de que ese blindaje es una falacia.



A cuatro años de que se tomara la decisión de abrir el rugby argentino al profesionalismo, casi 20 años después de que el resto del mundo lo hiciera con resultados meteóricos para el rugby mundial pero catastróficos para el rugby de base en muchos países, está claro que la línea que separa amateurismo de profesionalismo es muy difusa. Y lejos de pretender zanjar la transición, la dirigencia parece empecinada en contribuir al desconcierto.

Llevar la final del Nacional de Clubes tiene sólo dos finalidades: recaudatorio, uno, marketinero, el otro. Dinero e imagen. Ninguno de los dos tiene absolutamente nada que ver con el rugby amateur.

Ni Hindú ni Newman querían jugar en Vélez. En conjunto, elevaron un pedido a la UAR para que el partido se jugara en alguno de estos clubes o en otro neutral, como el CASI, tal ocurrió en 2017. Un partido de rugby de clubes trae aparejado una serie de rituales, potenciados mucho más cuando es una final de esta magnitud: la camaradería para con el rival, el colorido de las tribunas, el tercer tiempo. Nada de esto ocurrirá en el frío cemento del Amalfitani.

Las 4100 entradas de las que dispondrá cada club (1300 populares y 100 plateas gratis más 2000 populares y 700 plateas bloqueadas para adquirir a precio regular) reducirán la pasión que entraña un clásico como Hindú y Newman, que definirán un título por tercera vez en 11 años (URBA 2008, Nacional 2015), a la mínima expresión. Todo el fervor que acostumbra tener este partido, que normalmente convoca por sí solo a unos 9000/10.000 espectadores, se perderá entres los 40.000 asientos del estadio que la UAR espera llenar con el imán de los Jaguares. Una clara muestra de cómo el rugby profesional prolonga sus sombras sobre el amateur, opacándolo, robándole su esencia. Justamente lo que se había propuesto evitar cuando instauró el “blindaje”. No hay ningún blindaje.

Más allá de las entradas de favor, trasladar a las divisiones menores de cada club insume un costo aproximado de 9000 pesos por cada ómnibus. Los jugadores deberán cambiarse en vestuarios accesorios (acaso el único resquicio de rugby amateur que tendrá el partido), ya que los principales estarán reservados para Jaguares y Stormers. La cancha no estará en las mejores condiciones luego del partido de Super Rugby y hasta habrá que cambiar toda la cartelería entre un partido y otro, por lo que el público que fue a ver Jaguares deberá esperar aproximadamente una hora para presenciar la final, un despropósito. La lógica (situación cada vez más en desuso) hubiera sido que fuera el partido preliminar, pero el staff de Jaguares se opuso por las consecuencias que padecería el campo de juego.

Es cierto que el contexto en que se definió a Vélez como escenario de la final era distinto al actual: los Jaguares atraían a un promedio de 5000 espectadores por partido y la idea de llevar allí este encuentro como preliminar implicaba una inyección de gente. Pero ahora los Jaguares no necesitan de esta ayuda. Es más, hasta forzaron a que la final se juegue después del partido y no antes para preservar el césped cuando la clasificación a los playoffs está en juego. Pero no hay razón por la que no se podría haber dado marcha atrás y ceder a la requisitoria de los clubes.



Ni siquiera alcanzó la experiencia nefasta de la final de la URBA de 2007 cuando Hindú venció a Alumni en el estadio de Ferro. Un experimento que resultó infructuoso y no volvió a repetirse. No hasta el próximo 30 de junio. Al menos lograron acomodar un poco los horarios y la final comenzará 17.20, aunque finalizará tarde, lejos y con frío.

Para la UAR, sólo primó la razón del dinero y la imagen que proyectará al tener a un estadio repleto, en gran medida por la euforia que despierta la despedida de Jaguares (al menos en lo que a temporada regular se refiere) y en parte por el entusiasmo que entraña la final del Nacional.

Es cierto que el Nacional implica un gran esfuerzo económico para la UAR, pero esto de ninguna manera le da crédito para tomar decisiones discrecionales reñidas con el espíritu amateur que se arroga defender. El fin no justifica los medios. Nunca. Jamás. Quizás es momento de plantearse si invertir en los dos niveles del Nacional de Clubes y los tres del Torneo del Interior es la mejor forma de potenciar el rugby de base.

La cuestión del solapamiento entre el rugby profesional y el rugby amateur también encuentra lugar en lo que está sucediendo con Argentina XV. Lo que debería ser un espacio de desarrollo para los mejores jugadores del país que no está en los Jaguares, y que sea el reservorio, la antesala del rugby profesional, se ha transformado en un rompecabezas cuyas piezas mutan de un partido a otro, a merced en este caso a los compromisos de los clubes. Así es imposible que los jugadores tengan continuidad. Por ejemplo, el último Sudamericano coincidió con los cuartos de final del Nacional de Clubes y el equipo de Felipe Contepomi, que rotó su formación en cada una de las tres fechas, terminó sufriendo una histórica derrota ante Brasil. En cambio, con continuidad demostró algo de su potencial en la vigente Nations Cup.

He aquí una solución posible: generar un espacio donde el amateurismo y el profesionalismo puedan convivir. Un certamen donde participen aquellos jugadores que se entrenan en los Pladares, que de hecho por la dedicación ya son profesionales aunque no reciban una remuneración a cambio.

La UAR es reticente a esta idea. Aduce que sería introducir profesionalismo al rugby de base, pero no es distinto a lo que está haciendo con situaciones como las que genera con la disputa de la final del Nacional en Vélez.

Entonces, si los clubes seguirán siendo supremos, si seguirán siendo el escalón inmediato previo al rugby profesional, será menester armar un calendario local sincronizado con las demás competencias, especialmente las que involucran a Argentina XV de manera que Felipe Contepomi, o cualquiera sea el entrenador de turno, pueda contar con los mejores jugadores disponibles en cada compromiso, que no son muchos.

La inminencia de la Liga Sudamericana, un certamen profesional que se anticipa tendrá dos franquicias de la Argentina y otras de los demás países de la región, puede funcionar como un trampolín cualitativo en materia de desarrollo, pero requerirá afinar todavía más la sintonía con los clubes y delimitar con mayor claridad qué corresponde al ámbito profesional y que está a resguardo del paraguas amateur. Hasta aquí, desde 2014, la confusión no ha cesado de multiplicarse.
Por: Alejo Miranda
Foto: Daniel Salvatori
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